Cuando el rendimiento más alto no se mide en horas, sino en decisiones

Ellas Lideran, a Page Executive article series focused on leadership and professional inspiration.
May 20266 min read
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Una serie de artículos para inspirar y empoderar a mujeres en todas las etapas de su vida.

Durante décadas, la banca de inversión ha operado bajo una lógica muy clara. Más tiempo equivale a más compromiso. Más sacrificio, a mayor probabilidad de éxito. Jornadas eternas, fines de semana perdidos y una presencia constante en la oficina eran vistos como la inversión obligada para escalar. Ese modelo, como cualquier inversión mal estructurada, dejó rendimientos… pero también costos ocultos altísimos. Especialmente para las mujeres.

Hablar con VANIA Laddaga obliga a replantear esa ecuación.

Vania es Managing Director de Blink Capital Solutions y Directora General de CapitalMint, un fondo de deuda privada. Lidera equipos numerosos, asesora decisiones financieras complejas y opera en uno de los sectores más masculinizados del mercado. Pero lo verdaderamente interesante no es su cargo, sino la forma en la que cuestiona el modelo tradicional de rendimiento dentro de la banca de inversión.

El origen de una convicción

Ella no llegó con una bandera feminista bajo el brazo. Llegó con disciplina, curiosidad y una convicción sembrada desde casa. “Yo siempre me mentalicé a que iba a trabajar. No veía otra opción”, dice con naturalidad.

Creció observando a un padre médico cuya vida estaba marcada por el trabajo. Salía antes del amanecer y volvía de noche. Nunca lo cuestionó. Era responsabilidad, era vocación. Al mismo tiempo, vio a una madre que volcó toda su energía en la familia. Esa combinación dejó una huella profunda, y poder lograr en su carrera una mezcla entre ambas cosas. “Yo no quería perderme a mí misma”, reconoce.

Estudió Finanzas casi por instinto. Se le facilitaban los números, le gustaba entender cómo funcionaba el dinero y, sobre todo, le intrigaba su impacto. “Yo quería ver filas de dinero”, dice entre risas, pero detrás de la frase hay una verdad poderosa. Quería entender el sistema desde adentro.

Entró a banca de inversión sin buscarla. Y ahí se encontró con un mundo que no estaba diseñado para ella.

“Al principio sí te intimida”, admite. Salas llenas de hombres, lenguaje rudo, bromas normalizadas, una cultura dura. “No era personal. Era cultural.” En ese entorno, ser joven y mujer te coloca automáticamente en una posición de desventaja.La reacción de Vania no fue retirarse. Fue prepararse más que nadie.

“En este mundo sabes que, como mujer, siempre empiezas con un hándicap. Entonces cuando llegue el momento de presentar, de decidir, de opinar, tienes que estar lista. Siempre.” Eso significó estudiar de más, entender a profundidad cada cliente, cada industria, cada número. Sin que nadie se lo pidiera.

Ese enfoque le permitió crecer rápido. Muy rápido. A los 23 años tomó una decisión que muchos consideraron imprudente. Dejó la seguridad de un banco para fundar una boutique de banca de inversión independiente. Pasó de analista a subdirectora de golpe. Más responsabilidad, más exposición, más riesgo. También más aprendizaje.

Ahí entendió que liderar no es solo ejecutar bien, sino formar equipos capaces de ejecutar mejor. Desde entonces, su estilo fue distinto. Nunca gritó, nunca humilló. “Nunca me vas a oír decirle a alguien que es un incompetente por equivocarse. Prefiero sentarme a ver qué pudo haberse hecho mejor.” En una industria famosa por el sombrerazo, eso también es contracultural.

Poder, credibilidad y la carga invisible

Con los años llegaron cargos más altos, más decisiones y, como suele pasar en estos entornos, una exigencia constante de demostrar más. “Aunque llegues a una junta como Managing Director, muchas veces asumen que el que manda es el hombre que viene contigo”, cuenta. “Te hablan a ti hasta que se dan cuenta de que tú tomas la decisión.”

Eso sigue pasando hoy. Y lo dice sin enojo. Sin dramatismo. “Aprendí a no hacerlo personal. A no hacerme chiquita.” La habilidad no estaba en confrontar siempre, sino en dejar que los resultados hablaran.

El verdadero parteaguas llegó con la maternidad. Después de siete años intentando embarazarse, Vania tuvo gemelos. Y ahí cambió todo. “Desde que fui mamá, me convertí en una mejor líder”, afirma sin dudar.

La maternidad la obligó a replantear una de las creencias más arraigadas de la industria. Que estar más tiempo en la oficina significa aportar más valor. “Me di cuenta de las enormes ineficiencias del modelo”, dice con claridad. “No sirve de nada pasar doce horas aquí si no estás siendo productivo.”

Aprendió a delegar, a priorizar y a distinguir lo urgente de lo accesorio. Hoy se va a las tres de la tarde para estar con sus hijos, toma llamadas desde casa si es necesario y responde cuando el negocio lo exige. No trabaja menos. Trabaja mejor.

Ese equilibrio no sería posible sin una pieza clave de su historia. Su esposo. En un país donde todavía incomoda decirlo, él eligió asumir un rol activo en la crianza. “El cuidador principal de mis hijos es su papá”, dice. Y lo dice con orgullo.

Vania creció profesionalmente más rápido que él, tuvo mayor estabilidad económica y ambos tomaron decisiones conscientes para que eso no fuera una amenaza, sino un activo compartido y trabajo en equipo. “Es más la presión social que la realidad”, reflexiona. Ese acuerdo de pareja fue fundamental para que ella pudiera sostener una carrera de alto nivel sin renunciar a su vida personal.

Sostener el crecimiento en el tiempo

Hoy, uno de sus mayores retos no es liderar hombres ni estructurar operaciones complejas. Es atraer y retener mujeres en banca de inversión. Los números siguen siendo bajos. El miedo sigue presente. La narrativa del sacrificio absoluto aún pesa.

Aun así, insiste. Prioriza el talento femenino, adapta modelos de trabajo y, sobre todo, habla con honestidad. “Enamórate de la banca de inversión”, les dice. “Es apasionante. Aprendes todo el tiempo. Y en una industria dominada por hombres, cuando una mujer brilla, brilla el doble.”

También las invita a algo más difícil. Creérsela. “Muchas veces damos por hecho que el otro sabe más solo porque habla más fuerte. Cuestiónalo. Cree en tu análisis.”

Escuchar a Vania deja una lección clara. El verdadero crecimiento profesional no es el que se acelera sin control, sino el que se construye con intención, con estrategia y con visión de largo plazo. Como cualquier inversión sana, requiere balance, foco y decisiones conscientes.

Esta conversación confirma que exigirnos no implica desgastarnos. Que liderar no exige endurecernos. Y que el éxito no se mide por las horas acumuladas en una silla, sino por el impacto sostenido de nuestras decisiones.

Vania no es una excepción inalcanzable. Es la prueba de que sí se puede crecer en industrias duras sin perderse en el camino. De que el alto rendimiento y la vida personal no son opuestos, sino variables que, bien balanceadas, se potencian.

A las mujeres que dudan si entrar a espacios históricamente masculinos, la invitación es clara: prepárense, créansela, cuestionen, busquen aliados en casa y en el trabajo, y no midan su valor por el sacrificio visible, sino por la calidad de su liderazgo.

Porque, al final, el liderazgo que transforma industrias no siempre hace ruido. Pero sí genera rendimientos profundamente sostenidos en el tiempo.

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